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Le solicité permiso a Eddy Diaz para poder publicar estas palabras que además de acertadas me parece que deben ser tomadas en cuenta por todo profesor de mi Escuela.

Hace algunos días atrás me solicitaron la redacción de unas breves
líneas, en ocasión al acto de gala propuesto por la Escuela de
Bibliotecología y Archivología, a fin de agasajar a los graduandos de
la promoción “Fernando Báez”, reunidos hoy en este recinto. Tarea
ardua y delicada, pues bien sabido es que en cada uno de los presentes
late, sin duda, una palabra precisa, un discurso propio, así que en
modo alguno puedo yo, desde la soledad de mi escritorio, comunicar la
multiplicidad de mensajes y experiencias que conserva cada uno de los
congregados hoy aquí, en este auditorio. Aunque, tal vez, logre la
satisfacción de la convergencia o, al menos, la aprobación de los
amigos.

El hecho es que, si bien el asunto es complicado, debo asumir la
responsabilidad. Por suerte son, precisamente, estos días en que
organizamos nuestros trajes, en que desempolvamos algún cuaderno, días
en los que nos preparamos para recibir medallas, títulos y abrazos,
justamente en estas horas, se revuelven del mismo modo las emociones y
los recuerdos. Con la evocación, saltan las imágenes, las palabras,
las historias… Evocar pone de relieve asuntos y sucesos clave, bien
sea para recrearlos, reinventarlos o reflexionar sobre ellos.
Reflexionar es la palabra que nos toca más de cerca. Recuerdo, por
ejemplo, mi primera clase: entre desconfiado y expectante. Y recuerdo
también el día en que esta escuela nos abrió sus brazos y celebró con
entusiasmo la llegada de aquel grupo de jóvenes. (Éramos más jóvenes
en aquel entonces, eso también lo recuerdo). Y es agradable, y
humanamente hermoso, saber que bajo este mismo techo se festejó y se
festeja —con tanto cariño— nuestra llegada y nuestra partida. Una
partida que, como la del hijo pródigo, concede la alegría del eterno
retorno. Porque esta despedida no implica un desprendimiento trágico,
una ausencia forzada… tan sólo se trata de crecer en paralelo,
conservando los valores y asumiendo los compromisos que adquirimos a
lo largo de todos estos años con nuestra escuela, con nuestros
maestros, con la profesión y con nosotros mismos.

En tal sentido, no sólo somos responsables de enaltecer la profesión
que hemos escogido, también estamos llamados a cumplir nuestra misión
como profesionales de la información, en el contexto de una sociedad
urgida, que requiere de nuestros esfuerzos para comprender su entorno,
para solucionar sus carencias informacionales y poder avanzar hacia la
sociedad del conocimiento compartido. Asumo entonces mi profesión como
filosofía, como modo de vida. Al menos, eso fue lo que aprendí de mis
maestros. De algunos, por supuesto, de aquellos que entregaron lo
mejor de sí, los que reconocieron errores y compartieron saberes, los
que enseñaron y aprendieron. Otras cosas, sin embargo, logré concluir
de los otros, de los que sólo se oyen así mismos, de los que no tienen
nada que decir o de los que inyectan sus discursos personales, seguros
de que sus dosis influyen en la naturaleza “débil” del educando. No en
vano Michel Maffesoli ha llegado a establecer paralelismo entre la
pedagogía y la paidofilia.

Sin embargo, toda actividad humana es perfectible. Ello nos exige, por
supuesto, no sólo señalar los posibles errores, sino contribuir a
superarlos. De ahí que cada uno de nosotros puede (y debe) participar
en el diseño, dirección y las mejores prácticas de nuestra Escuela,
más ahora que se trabaja con ahínco en la conformación de la Escuela
de las Ciencias de la Información. En fin, que tenemos un largo camino
por recorrer, un camino que debemos compartir y mejorar, un camino
para avanzar juntos. Porque no somos aquellos que entraron para saltar
de carrera en carrera, somos los que estamos, los que comprendimos el
tamaño del reto y el alcance del rol. Ya estamos en el camino. Dios
guíe nuestros pasos hacia el éxito.

Muchas gracias.

Eddy Díaz Souza
Bibliotecólogo